Hay un silencio del que casi nadie habla después de convertirse en madre. No es el silencio de la casa cuando el bebé duerme, ni el de la madrugada. Es un silencio interno, profundo, que aparece cuando miras tu cuerpo y ya no sabes bien cómo habitarlo. Un silencio que no se nombra porque parece que no debería existir.
Después del parto, el cuerpo postparto cambia. Cambia su forma, su ritmo, su energía. Pero lo que más cambia no siempre se ve desde afuera. Cambia la manera en la que una mujer se siente dentro de su propio cuerpo. Y ese cambio suele vivirse en soledad.
Cuando el cuerpo deja de sentirse como casa
Durante el embarazo, el cuerpo es compartido. Durante el parto, es atravesado. Después, muchas madres sienten que queda en pausa. Ya no responde igual. No se mueve igual. No se reconoce igual.
No es rechazo. No es falta de amor. Es desconcierto. Un duelo corporal silencioso que aparece entre pañales, tomas nocturnas y días que pasan sin pausa. Se ama profundamente al bebé, pero al mismo tiempo se extraña la sensación de habitar el propio cuerpo con comodidad.
Este duelo no suele tener espacio. Porque la narrativa dominante dice que deberías sentirte agradecida. Que tu cuerpo “cumplió su función”. Que ahora lo importante es el bebé. Y sí, el bebé importa. Pero tú también.
El peso emocional de sostener sin sostén
La maternidad implica sostener. Sostener un cuerpo pequeño, sostener horarios, sostener emociones. Pero ¿quién sostiene a la madre?
Muchas mujeres atraviesan la maternidad real sintiendo que deben adaptarse rápido. Volver a funcionar. Volver a cargar. Volver a responder. Y en ese intento, el cuerpo se vuelve una herramienta más, no un lugar de descanso.
El impacto emocional de esto es profundo. Aparece la culpa por sentirse cansada. La incomodidad por no reconocerse. El silencio por no saber cómo decirlo sin sentirse juzgada. Poco a poco, el cuerpo deja de ser un aliado y se convierte en algo que simplemente “aguanta”.
Escenas cotidianas que nadie nombra
Hay escenas simples que cuentan esta historia sin palabras. Ajustarse la ropa constantemente. Evitar ciertos movimientos porque todo duele o incomoda. Sentir tensión en la espalda, en los hombros, en la pelvis.
Cargar al bebé en brazos durante largos periodos, sin apoyo, sin ergonomía, sin pensar en el propio cuerpo. Pensar que es normal que duela. Que es parte del rol. Que ya pasará.
Pero ese dolor acumulado no es solo físico. Se guarda en el cuerpo y en la mente. Afecta la energía, el ánimo, la conexión consigo misma. Y también la manera de vincularse con el bebé.
El cuerpo materno también necesita cuidado
Hablar de autocuidado emocional en la maternidad no es hablar de lujo ni de egoísmo. Es hablar de supervivencia emocional y física.
Cuando una madre se siente sostenida, su cuerpo se relaja. Cuando su postura mejora, su respiración cambia. Cuando el peso se distribuye de forma consciente, el cuerpo deja de estar en constante alerta.
Acompañar el cuerpo no significa exigirle que vuelva a ser como antes. Significa reconocer que hoy es distinto y necesita otras formas de cuidado, otras maneras de ser habitado.
El porteo como forma de acompañamiento corporal
El porteo consciente no es solo una forma de cargar al bebé. Es una manera de volver a habitar el cuerpo con respeto.
Un portabebés ergonómico no solo sostiene al bebé cerca del corazón de la madre. También distribuye el peso, libera tensión y permite que el cuerpo se mueva de forma más natural.
Cuando el cuerpo materno se siente acompañado, cambia la experiencia diaria. Las caminatas se vuelven más ligeras. El contacto con el bebé es más presente. El cuerpo deja de resistir y empieza a cooperar.
Reconectar con la identidad materna
La identidad materna no se construye solo desde el sacrificio. También se construye desde el bienestar.
Una madre que se siente cómoda en su cuerpo puede mirar a su bebé con más calma. Puede responder desde un lugar menos tenso. Puede disfrutar momentos que antes parecían solo exigencia.
Reconectar con el cuerpo no es un acto estético. Es un acto profundamente emocional. Es decir: sigo aquí, también importo.
Acompañar el cambio, no luchar contra él
La solución no es exigirle al cuerpo que vuelva a ser quien era antes. La solución es dejar de luchar contra el cuerpo y empezar a acompañarlo. Crear un espacio de escucha y contención donde el cambio no se viva en silencio ni con culpa, sino con comprensión y respeto.
No se trata de recuperar una versión pasada, sino de habitar el cuerpo de hoy con más calma, aceptación y cuidado emocional. De elegir herramientas que sostengan, que alivien, que acompañen este momento vital.
Cuando el cuerpo materno se siente sostenido, el silencio deja de doler. Y en ese espacio, la maternidad puede vivirse con más presencia, más conexión y más ternura.